PAÍS

¿Hasta cuándo?

Juan Francisco Ortún

Periodista y académico, U. Central

Otra vez el fútbol chileno convertido en un espectáculo vergonzoso. Nuevamente los protagonistas no fueron el juego, ni el talento, ni la pasión de las tribunas, sino futbolistas incapaces de comportarse como profesionales. Lo ocurrido tras el partido entre Universidad Católica y Colo-Colo no puede relativizarse ni esconderse detrás de las típicas excusas de siempre. Que la adrenalina, que las pulsaciones a mil, que yo solo reaccioné a verbalizaciones, no, basta de justificar lo injustificable.

¿Hasta cuándo tendremos que soportar escenas impropias de deportistas de alto rendimiento? ¿Hasta cuándo los jugadores seguirán actuando como barristas con camiseta? Porque eso es lo más grave: quienes protagonizan estos incidentes no son amateurs ni adolescentes descontrolados. Son profesionales. Muchos de ellos seleccionados nacionales, rostros del fútbol chileno, eferentes para miles de niños y jóvenes que los miran como modelos de éxito.

Ahí está el verdadero problema. El mensaje que entregan es devastador: que perder el control es aceptable, que insultar, provocar o enfrentarse forma parte del espectáculo. No, no lo es y nunca lo será.

Resulta ofensivo escuchar después las declaraciones de rigor: “El partido estaba caliente”, “son cosas del fútbol”, “se nos pasó la mano”. No. Los pretextos no puede transformarse en licencia para actuar como matones. Precisamente porque son profesionales se espera de ellos autocontrol, madurez y responsabilidad. Para eso se les paga y mucho.

En un país donde la mayoría de los profesionales trabaja jornadas extenuantes para llegar apenas a fin de mes, estos futbolistas viven una realidad privilegiada. Sueldos millonarios, alimentación de primer nivel, viajes cómodos, atención médica permanente y reconocimiento público. Tienen condiciones que millones de chilenos jamás conocerán. Lo mínimo exigible es conducta.

El fútbol chileno no solo arrastra una crisis deportiva. Arrastra también una profunda crisis de ejemplo y mientras sus protagonistas sigan creyendo que pedir disculpas basta para borrar espectáculos bochornosos, seguiremos normalizando una decadencia que hace rato dejó de ser solamente futbolística.

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