
La generación del siempre si
Maritza Escobar Montero
Académica Facultad de Educación, U. Central
Vivimos rodeados de un discurso que confunde el amor por los hijos con la ausencia de límites. Se repite que «no hay que frustrar» al niño o a la niña, que todo deseo merece respuesta inmediata, que decir «no» es casi un acto de crueldad. El resultado es una generación de adultos jóvenes que llega a la vida con una muy poca tolerancia a la frustración.
Poner límites no es un acto de autoridad arbitraria, sino más bien es enseñar, desde la primera infancia, que el mundo no gira en torno al propio deseo y esto es un acto de amor. Un niño o niña que aprende a esperar, a aceptar un «no» y a tolerar la incomodidad de no obtener todo al instante, está construyendo algo mucho más valioso que la satisfacción inmediata: la autorregulación.
La autorregulación es, en el fondo, la capacidad de gestionar impulsos, emociones y tiempos en función de una meta futura. Es lo que permite a un adulto o a un joven, estudiar para un examen en vez de salir a distraerse, ahorrar en vez de gastar, sostener un vínculo cuando aparece el conflicto en vez de huir. Nada de esto se aprende de un día para otro: se educa desde la primera infancia, precisamente a través de los límites que los adultos ponemos.
Un padre o una madre que sostiene un límite, aunque incomode, aunque genere el llanto o el enojo del niño o niña, no está siendo insensible: está regalando una herramienta para toda la vida. Ceder por evitar el conflicto del momento es una deuda que se paga después, con adultos frágiles ante la frustración.
Educar con límites claros y sostenidos no es lo opuesto al amor: es la prueba más honda de que amamos de verdad, la que elige, con el corazón apretado, el futuro del niño por sobre la paz del momento.




