
¿Por qué la IA agrava la crisis en los colegios?
Maritza Escobar Montero
Académica de la Facultad de Educación, U. Central
Hace poco tiempo, la discusión en las aulas era el celular. Ahora es un chatbot capaz de resolver en diez segundos lo que a un estudiante podría tomarle una tarde. El problema no es solamente que los estudiantes copien, sino que seguimos enviando tareas que una herramienta de inteligencia artificial puede resolver mejor y más rápido que ellos. Si un ensayo para la casa puede generarse en un minuto, cabe preguntarse qué estaba midiendo realmente esa tarea.
A los profesores les tocó asumir un trabajo que nadie les puso en el contrato: sospechar, leer un texto y preguntarse si fue escrito por un estudiante o generado por una aplicación. Se han convertido, en cierta forma, en detectives del estilo de escritura, sin necesariamente contar con la capacitación necesaria para enfrentar este escenario. Ese desgaste no aparece en las estadísticas, pero está presente en cada corrección y en cada duda sobre la autoría de un trabajo.
¿Y qué ocurre con las pruebas de selección múltiple? Muchas herramientas de IA pueden resolverlas con rapidez y, en algunos casos, con bastante precisión. Seguir utilizándolas como si fueran suficientes para medir aprendizaje es ignorar un cambio evidente. Lo que todavía requiere de un estudiante es participar en una discusión, responder una pregunta inesperada, argumentar una idea o defender su posición frente a otros. Ahí es donde deberíamos poner el foco.
Prohibir la inteligencia artificial en el aula es tapar el sol con un dedo. Mientras no cambiemos los programas, los planes de estudio y las formas de evaluar, la escuela seguirá utilizando estrategias que fueron diseñadas para otro contexto. Y mientras ni siquiera se resuelvan problemas tan básicos como el acceso a internet en muchos colegios públicos, la brecha entre quienes pueden aprovechar estas tecnologías y quienes quedan al margen seguirá creciendo.
La IA no creó todos los problemas de la educación, pero sí los está dejando en evidencia y, en algunos casos, los está profundizando. Nos obliga a preguntarnos qué queremos que aprendan los estudiantes, cómo queremos que demuestren ese aprendizaje y cuál debe ser, en este nuevo escenario, el rol de los profesores. La pregunta final, entonces, no es si el sistema educativo va a cambiar. La pregunta es cuánto tiempo más tardará en entender que ya no tenemos tiempo para seguir esperando.




