PAÍS

Cuando el colegio duele

Maritza Escobar Montero
Académica de la Facultad de Educación, U. Central

Hay niños y jóvenes que cada mañana llegan al colegio con un nudo en el estómago. No por una prueba, sino por lo que puede pasar en el recreo, en la sala o en el celular. El acoso escolar rara vez hace ruido: se instala de a poco, se repite y muchas veces se vive en silencio.

Contamos con protocolos y normas para enfrentarlo, y son herramientas necesarias. Pero lo que realmente puede marcar una diferencia es algo más cotidiano: un adulto que observa, pregunta y acompaña.

Para las familias, algunas señales pueden aparecer antes que las palabras. Un hijo que se vuelve más callado, que pierde las ganas de ir al colegio o que se aleja de sus amigos puede estar pidiendo ayuda. No siempre hay que tener todas las respuestas. A veces basta con decir: “Aquí estoy, cuando quieras hablamos”. Y si algo preocupa, conversar con el profesor jefe o con el equipo de convivencia escolar puede ser el primer paso.

También están los compañeros. Acercarse, incluir, sentarse al lado o avisar a un adulto puede cambiar la experiencia de quien se siente solo. No les corresponde resolver el problema, pero sí pueden ayudar a que nadie quede invisible.

Los colegios tienen, por supuesto, una responsabilidad fundamental: no solo reaccionar cuando ocurre una situación de acoso, sino generar espacios donde hablar sea posible y donde cada aviso tenga una respuesta.

Porque el acoso escolar no se resuelve únicamente con reglamentos. Se enfrenta cuando una comunidad aprende a mirar, escuchar y actuar. Cuando nadie tiene que vivir el colegio con un nudo en el estómago y, sobre todo, cuando nadie tiene que enfrentarlo solo.

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