PAÍS

Decadencia que toca fondo

Juan Francisco Ortún

Periodista y académico U. Central

El fútbol chileno atraviesa una crisis que ya no admite explicaciones circunstanciales ni excusas deportivas. La debacle es integral: se manifiesta en la cancha, en los escritorios y, ahora, hasta en la propia sede de quienes gobiernan este deporte.

Chile terminó último en las clasificatorias al Mundial como resultado de años de improvisación, malas decisiones y una dirigencia incapaz de revertir el deterioro. A ello se suman partidos suspendidos, cambios de reglamento y una preocupante actitud complaciente de los dirigentes que no se limita a la conducción de la ANFP, también alcanza a los presidentes de clubes que, por acción u omisión, han contribuido a normalizar el desorden.

El panorama se agrava con dirigentes involucrados en situaciones judiciales, empresarios de futbolistas cuyas relaciones con entrenadores despiertan cuestionamientos éticos y una estructura que parece privilegiar intereses particulares por sobre el desarrollo del fútbol.

Pero hay un episodio que resume, quizás mejor que cualquier derrota, la dimensión de esta decadencia, la clausura de la sede del fútbol chileno por parte de la Municipalidad de Peñalolén, debido a deudas por patentes acumuladas durante 16 años y a la falta de recepción final de las instalaciones.

Dieciséis años. No estamos hablando de un olvido administrativo de última hora ni de una dificultad imprevista. Estamos hablando de una situación prolongada durante años, bajo distintas administraciones, que deja en evidencia una alarmante incapacidad para cumplir obligaciones básicas. Quienes tienen la responsabilidad de conducir el fútbol nacional no fueron ineptos para mantener su propia casa en regla. La imagen es demoledora. La decadencia ya no se expresa solamente en los resultados, se ha instalado en la gestión, en la ética y en la institucionalidad.

El fútbol chileno necesita mucho más que un recambio de entrenadores o una nueva generación de jugadores. Necesita una transformación profunda de su dirigencia, transparencia en sus decisiones, reglas estables y responsabilidades que no se evadan detrás de declaraciones de ocasión.

Porque cuando un país pierde en la cancha, puede reconstruirse con trabajo y talento. Pero cuando quienes deben dirigirlo pierden también el sentido de la responsabilidad, la crisis es mucho más profunda.

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