
Hace un par de semanas comenzó el semestre y escribí en la pizarra una pregunta a mis estudiantes: ¿qué desafíos enfrentará su profesión en diez años frente al avance tecnológico? Lo que escuché me sorprendió, no tanto por el contenido, sino por la docilidad con que muchos ya asumen cómo será ese futuro. La mayoría daba por sentado que la inteligencia artificial —y más aún combinada con robótica— desplazará buena parte de las capacidades humanas, con una superioridad cognitiva difícil de disputar. Casi nadie se preguntaba si aquello debía ocurrir. Una estudiante llegó a decir, entre risas, que los robots podrían ser mejores que nosotros.
Hay doctrinas que llegan con manifiesto, bandera y nombre propio: el comunismo, el nacionalismo, el indigenismo. Pero hay otras que se instalan sin anunciarse, y el transhumanismo es una de ellas. No avanza como programa político explícito, sino como un supuesto de fondo: todo lo que pueda hacerse mejor mediante una máquina tiende a perder, silenciosamente, su justificación para seguir siendo humano.
Mi estudiante lo dijo sin proponérselo, y por eso su frase vale más que cualquier manifiesto: nadie defendía el transhumanismo, pero varios ya operaban con una de sus premisas centrales. Esto ocurre al hablar del trabajo, la educación, la salud y el cuerpo, en dos direcciones que conviene distinguir.
La primera es la instrumentalización de la persona: cuando una capacidad humana se descarta solo porque una máquina la ejecuta mejor, esa capacidad deja de ser expresión de alguien y pasa a ser medio para un resultado. La segunda, menos visible, es la instrumentalización del presente en función del cálculo sobre el futuro: ¿cuánto podremos optimizar? La pregunta que importa no es si la IA destruirá o creará empleo, sino algo previo, ¿quién tiene autoridad para definir qué cuenta como «mejor»?
Cuando aceptamos que una capacidad humana debe ceder ante la de un invento humano, aceptamos también, sin advertirlo, que nos evaluamos desde un criterio productivista y no antropológico, uno que mide el desempeño, pero no reconoce el valor de la actividad en sí misma ni lo que constituye a quien la realiza.
Entre lo que la técnica puede hacer y lo que una sociedad decide que debe seguir haciendo un ser humano hay una distancia. Esa distancia no es un defecto que la innovación deba cerrar cuanto antes puesta que es, posiblemente, un espacio político genuino que las universidades también deben asumir en el proceso formativo.
El transhumanismo que no se anuncia solo se enfrenta nombrándolo, llevándolo a la agenda educativa y a la deliberación pública, en vez de dejarlo instalarse dócilmente. No hay neutralidad frente a la sustitución cuando avanza sin ser nombrada, hay que decidir con dignidad, y con sentido de las generaciones presentes y futuras, no se trata de resistir a la tecnología, es encontrar cómo seguir siendo humanos frente a su transformación. Esa decisión no puede delegarse en el mercado, ni al algoritmo.




