
La urgencia de volver a la vida social
Leonardo Vidal Hernández
Académico de Terapia Ocupacional, U. Central
Según Cadem, los chilenos están más cansados y menos felices. Lejos de ser sólo una cifra más en la discusión pública, este dato nos interpela sobre cómo estamos viviendo y qué estamos dejando de lado en nuestra vida cotidiana.
El cansancio no siempre es únicamente físico, ni la infelicidad responde sólo a factores individuales. Desde la Terapia Ocupacional, entendemos que el bienestar está profundamente ligado a la participación en ocupaciones significativas, y entre ellas, la vida social ocupa un lugar central. Compartir con otros, sostener vínculos, participar en espacios comunitarios y sentirnos parte de un colectivo es deseable y muy necesario para la salud mental.
En junio de 2025, la Comisión de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre Conexión Social publicó su informe mundial revelando que la conexión social protege la salud a lo largo de la vida, puede reducir la inflamación, disminuir el riesgo de problemas de salud graves, fomentar la salud mental y prevenir la muerte prematura. Por el contrario, la soledad y el aislamiento social aumentan el riesgo de accidentes cerebrovasculares, cardiopatías, diabetes, deterioro cognitivo y muerte prematura, además de duplicar las probabilidades de depresión. Estudios sobre la amistad confirman que quienes cultivan amistades significativas tienen un 50% menos de probabilidades de morir prematuramente, y que las interacciones sociales activan circuitos de recompensa en el cerebro, liberan oxitocina y reducen los niveles de cortisol, la hormona del estrés.
Sin embargo, vivimos en un modelo que tiende a reforzar la individualidad, la autoexigencia y la productividad constante. Este contexto, muchas veces asociado a lógicas neoliberales, instala la idea de que cada persona debe resolver su bienestar de manera individual, invisibilizando el valor de lo comunitario. Así, la vida social comienza a percibirse como un «extra» prescindible frente a las demandas laborales y personales, cuando en realidad es un componente esencial del equilibrio humano.
La paradoja es evidente: mientras más nos enfocamos en rendir, producir y responder a exigencias externas, más nos alejamos de aquello que sostiene nuestro bienestar a largo plazo. La evidencia ha mostrado que la participación social actúa como un factor protector frente a la ansiedad, la depresión y el estrés, contribuyendo significativamente a la calidad de vida.
Hablar de calidad de vida no es solo referirse a ingresos o condiciones materiales, sino también a la posibilidad real de vincularnos, de ser parte, de construir redes. En este sentido, promover la vida social no es una responsabilidad exclusivamente individual. Requiere entornos que faciliten el encuentro, políticas que valoren el tiempo personal y comunitario, y una comprensión más amplia de lo que significa estar bien.
Quizás el desafío no es solo descansar más, sino también reconectarnos más. Porque en una sociedad que nos empuja a lo individual, volver a lo colectivo puede ser, precisamente, una de las claves para recuperar el bienestar.




