PAÍSREGIONALES

Proyecto SAE

Maritza Escobar Montero

Académica Facultad de Educación, U. Central

Esta semana el Gobierno del presidente José Antonio Kast ingresó al Congreso su proyecto para reformar el Sistema de Admisión Escolar (SAE), el mecanismo que desde hace una década distribuye, mayoritariamente por sorteo, a los estudiantes chilenos entre colegios públicos y subvencionados.

La propuesta crea dos vías paralelas: la «Elección Mutua», que permitirá a los establecimientos con alta demanda volver a seleccionar postulantes según criterios como rendimiento académico, entrevistas o cercanía territorial; y la «Asignación Aleatoria», que se mantendrá como hasta ahora para quienes no adhieran a ese mecanismo.

Para miles de familias, el SAE se ha sentido como un sistema injusto, es ahí donde el proyecto comienza a tener sentido para las familias, pero es importante hacernos la pregunta: ¿De quién es el mérito que se está reconociendo? Un niño de séptimo básico que llega con buen rendimiento académico no llegó solo a estos resultados, detrás de él hay una familia que pudo pagar clases particulares, un colegio anterior que mantiene sus buenos resultados académicos, una casa donde había libros, etc. Convertir ese capital cultural en un criterio de selección no premia el esfuerzo individual; sino que premia las oportunidades.

La evidencia sobre sistemas de selección escolar, incluyendo la que motivó la reforma original de 2015, es bastante consistente en mostrar que los mecanismos de selección temprana tienden a profundizar la segregación entre establecimientos. Desde esta perspectiva, el propio Gobierno parece consciente de este riesgo, porque reserva cupos para estudiantes prioritarios y con necesidades educativas especiales, y deja la «Elección Mutua» como una vía voluntaria para los colegios.

Por otra parte, sostener un sistema centrado solo en el azar también es una forma de injusticia: ignora que las familias necesitan proyectos educativos distintos (científicos, técnico-profesionales, religiosos, deportivos) y que parte de la libertad de elegir consiste en que esos proyectos puedan, dentro de ciertos límites, elegir también a quienes mejor se ajustan a ellos. El reclamo de que «el algoritmo decide por mí» no es algo simple y sencillo para una familia que ve a dos hermanos separados en colegios distintos por una variable que no controlan.

El nuevo proyecto tiene entonces una gran responsabilidad, cómo hacemos que la palabra «mérito» no termine siendo, en la práctica, un sinónimo elegante de «este niño o niña ya tenía ventaja». Eso exige mirar detenidamente los detalles que hoy son vagos en el proyecto: qué tan acotados estarán realmente los criterios objetivos, cómo se fiscalizará que la «adhesión al proyecto educativo» no se convierta en una puerta trasera para filtrar por origen socioeconómico, y si los resguardos para estudiantes prioritarios sobrevivirán intactos la tramitación legislativa o quedarán diluidos en el camino.

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