
Lo que protege al corazón también protege al cerebro
Bryan Arpe Hernández
Académico Terapia Ocupacional, U. Central
Septiembre nos invita a reflexionar sobre dos desafíos de salud que suelen abordarse por separado, pero que están profundamente conectados. Mientras el 21 de septiembre se conmemora el Día Mundial del Alzheimer, el 29 del mismo mes se celebra el Día Mundial del Corazón. Aunque a primera vista parecen temáticas distintas, la evidencia científica actual nos recuerda una verdad cada vez más clara: lo que protege al corazón también protege al cerebro.
Durante años, las enfermedades cardiovasculares y las demencias fueron entendidas como problemas independientes. Sin embargo, hoy sabemos que comparten múltiples factores de riesgo. La hipertensión arterial, la diabetes, el tabaquismo, el sedentarismo, la obesidad y otros problemas de salud aumentan no solo el riesgo de infarto o accidente cerebrovascular, sino también la probabilidad de desarrollar deterioro cognitivo y algunas formas de demencia en etapas posteriores de la vida.
Esta relación nos invita a mirar la prevención desde una perspectiva de curso de vida. Con frecuencia se piensa que el Alzheimer es una enfermedad que aparece repentinamente en la vejez. No obstante, numerosos estudios muestran que muchos de los factores que influyen en la salud cerebral comienzan a actuar décadas antes de que aparezcan los primeros síntomas. Las decisiones que tomamos durante la infancia, la adolescencia y la adultez tienen consecuencias acumulativas sobre nuestro bienestar futuro.
Realizar actividad física regularmente, mantener una alimentación saludable, controlar la presión arterial, evitar el consumo de tabaco y participar activamente en la vida social son acciones que contribuyen simultáneamente a la salud cardiovascular y cerebral. La prevención, por tanto, no comienza cuando aparecen los olvidos ni cuando se diagnostica una enfermedad; comienza mucho antes, en la vida cotidiana y en los hábitos que construimos a lo largo de los años.
Sin embargo, sería injusto entender esta responsabilidad únicamente desde una perspectiva individual. Las oportunidades para adoptar estilos de vida saludables están fuertemente condicionadas por factores sociales, económicos y ambientales. La existencia de espacios seguros para caminar, el acceso a áreas verdes, la disponibilidad de alimentos saludables, las oportunidades de participación comunitaria y el acceso oportuno a controles de salud son elementos que también influyen en la posibilidad de cuidar nuestro corazón y nuestro cerebro.
En una sociedad que envejece aceleradamente, el desafío ya no es solo vivir más años, sino llegar a la vejez con la mayor autonomía, funcionalidad y calidad de vida posible. Para ello, resulta fundamental comprender que la salud cardiovascular y la salud cerebral forman parte de una misma historia.
Las conmemoraciones de septiembre nos recuerdan que prevenir infartos y prevenir demencias no son objetivos separados. Son parte de una misma tarea colectiva que comienza mucho antes de la vejez. Porque cuidar el corazón no solo nos ayuda a vivir más; también nos ayuda a preservar aquello que nos permite seguir siendo quienes somos: nuestra memoria, nuestra identidad y nuestra capacidad de participar plenamente en la vida.




