PAÍS

Aprender a soltar: una primera lección para la vida

Maritza Escobar Montero
Académica Facultad de Educación, U. Central

Crecer no se mide únicamente en centímetros. Durante la infancia también implica aprender, poco a poco, a separarse de aquello que entrega seguridad para descubrir que es posible desenvolverse de manera autónoma. En ese proceso, aparentemente pequeño y cotidiano, hay objetos que adquieren un enorme significado emocional: un chupete, un peluche o un “tuto” pueden convertirse en verdaderos refugios para niños y niñas.

La psicología del desarrollo denomina a estos elementos “objetos transicionales”, concepto desarrollado por el pediatra y psicoanalista D. W. Winnicott. Su función es acompañar al niño en el tránsito desde una dependencia importante de sus cuidadores hacia una creciente autonomía. Ayudan a conciliar el sueño, calmar el llanto y enfrentar situaciones desconocidas.

Por eso, el apego a estos objetos no debería entenderse como un capricho o una conducta que deba eliminarse con urgencia. Para muchos niños constituye una herramienta emocional saludable, especialmente durante los primeros años de vida. La pregunta, entonces, no es simplemente cuándo quitar el chupete o guardar definitivamente el peluche, sino cómo acompañar ese proceso.

No existe una edad exacta para hacerlo. Cada niño tiene su propio ritmo y, por lo mismo, es recomendable evitar estos cambios durante períodos de especial vulnerabilidad, como el ingreso al jardín infantil, una mudanza o la llegada de un hermano. Cuando llega el momento, suele ser más efectivo reducir progresivamente su uso que retirarlo de manera abrupta.

También es fundamental evitar las burlas o comparaciones. Decir “ya estás grande para eso” puede generar vergüenza y aumentar la necesidad de recurrir al objeto como fuente de seguridad. En cambio, enseñar otras formas de regulación emocional —respirar, abrazar, conversar sobre lo que sienten— permite construir nuevas herramientas para enfrentar la ansiedad o el temor.

Involucrar al propio niño en la despedida también puede ayudar. Crear un pequeño ritual para guardar o dejar su objeto, por ejemplo, transforma una imposición adulta en una experiencia de crecimiento. Y si después aparece una recaída, especialmente frente a situaciones de estrés, no necesariamente significa retroceder: también forma parte de la maduración emocional.

Con el tiempo, la mayoría de los niños abandona espontáneamente estos objetos, a medida que encuentra nuevas fuentes de seguridad en sus vínculos, sus experiencias y la confianza en sí mismos.

Quizás esa sea la verdadera enseñanza detrás de un chupete, un peluche o un “tuto”: aprender que podemos soltar aquello que nos hizo sentir seguros y, aun así, seguir sintiéndonos protegidos.

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