
Las rudezas de la vida económica
Nicolás Gómez Núñez
Sociólogo y académico U. Central
El trabajo más arduo en una empresa no es la producción o el conocimiento de la distribución de los bienes y servicios, tampoco lo es el pago a un sociólogo para que reconozca las ventajas que ofrece un segmento de la población para introducir una marca. La experiencia muestra que, entre las rudezas de la vida económica, las fuentes del reconocimiento son un verdadero problema cuando no se las tiene.
Póngase por caso la creación de una cooperativa. Como ya es sabido, este tipo de organizaciones son una forma de empresa que busca beneficios para las y los que son sus propietarios y trabajadores. Por esta razón, la cooperativa es fomentada en las gestiones de la División de Empresas de Menor Tamaño del Ministerio de Economía, Fomento y Turismo.
Pero si usted le pregunta a un estudiante universitario si en algún ramo le han informado sobre la cooperativa, la respuesta es negativa, ¿por qué sucede esto? Hay varias respuestas, algunas políticamente correctas, también están las burlonas y las dogmáticas.
En esta oportunidad me quedaré con la respuesta que señala que hay una falta de educación, porque solamente se enseña que las cosas económicas están basadas en la competencia, y así es fácil llegar a concluir que el más fuerte es el que gana y sobrevive. Pero esa información tiene un sesgo, debido a que no considera la ayuda mutua y la reciprocidad. Asuntos que suenan igual, pero que no son la mismo.
Una empresa, como una cooperativa, construye una cultura laboral basada en la coordinación del trabajo sobre un trato en igualdad, lo que se puede traducir en que todos sus integrantes tienen acceso a la información y deben decidir sobre el plan de negocio. Por ejemplo, están en el deber de proponer alternativas para los destinos de los excedentes y así, suma y sigue.
Sin embargo, la experiencia muestra que la rudeza de la vida económica está en convencer al funcionario del banco que sí estudio en la universidad, que una cooperativa es un actor económico que puede participar en las herramientas de inversión -y no en las de créditos para consumo-, por ejemplo, para adquirir una máquina compactadora que permite pasar de cincuenta a doscientos pesos de ganancia, gracias a lo cual se multiplican los beneficios de una cooperativa que se dedica al reciclaje dentro la Ley N° 20.920, de Responsabilidad Extendida del Productor.
En definitiva, en Chile tenemos el desafío de reconocer que la cooperación también es un fundamento de la economía. Mientras la educación siga invisibilizando estas prácticas, la rudeza de la vida económica será convencer —una y otra vez— que la reciprocidad no es un lujo moral, sino una condición para construir riquezas.




