PAÍS

El territorio tiene memoria: lo que las inundaciones de Coquimbo nos están mostrando

Por Fabiola González

Docente de Geología, Universidad del Alba

Lo ocurrido durante este sistema frontal no puede explicarse solamente diciendo que «llovió mucho». En la Región de Coquimbo cayó una gran cantidad de agua sobre un territorio que llevaba años enfrentando condiciones de sequía y que posee numerosas quebradas, cuencas pequeñas y pendientes pronunciadas. El resultado fue el aumento de caudales, remociones en masa, activación de quebradas, daños en viviendas y graves problemas de conectividad.

Nuestra región presenta una geomorfología marcada por la cercanía entre la cordillera de la Costa y la cordillera de los Andes, lo que da origen a cuencas pequeñas, pendientes pronunciadas y una extensa red de quebradas que conectan los sectores interiores con las planicies costeras. Estas características favorecen respuestas muy rápidas frente a lluvias intensas. Las quebradas son cauces naturales por donde el agua ha circulado durante cientos o miles de años. El paisaje conserva la memoria de ese recorrido y aprender a leer esas huellas también es una forma de prevenir. Lo mismo ocurre con humedales, vegas y antiguos cauces.

La megasequía generó una falsa sensación de seguridad. Muchas quebradas parecían inactivas y antiguos humedales se observaron secos, favoreciendo la expansión urbana sobre espacios que históricamente han formado parte del funcionamiento natural del territorio. Sin embargo, que no hayamos visto correr agua durante años no significa que esos procesos hayan desaparecido.

Durante los periodos secos se acumulan sedimentos, fragmentos de roca y basura en laderas y cauces. Cuando ocurren lluvias intensas, el agua moviliza ese material y pueden formarse flujos de detritos o aluviones, capaces de afectar viviendas, caminos, puentes y servicios básicos.

Cada quebrada responde de manera distinta y debe estudiarse individualmente. Factores como la forma de la cuenca, las pendientes, el tipo de materiales, la vegetación, la intensidad de las lluvias y la altura de la isoterma cero influyen en su comportamiento. Los modelos meteorológicos son herramientas fundamentales para anticipar emergencias, pero debemos aprender a trabajar con escenarios y probabilidades.

Las condiciones asociadas a El Niño y al cambio climático pueden aumentar la probabilidad de eventos extremos. Es posible registrar menos precipitaciones anuales y, al mismo tiempo, enfrentar lluvias mucho más intensas en periodos breves.

Lo ocurrido también obliga a hablar de riesgo. El riesgo surge de la combinación entre la amenaza natural, la exposición y la vulnerabilidad. Muchas familias viven en zonas de peligro porque nunca tuvieron alternativas o porque el crecimiento urbano avanzó sobre terrenos inundables sin estudios suficientes. Por ello, las soluciones requieren planificación territorial, reubicación cuando corresponda y políticas públicas que reduzcan la vulnerabilidad.

También debemos revisar nuestra infraestructura. Los puentes, alcantarillas y obras hidráulicas deben diseñarse considerando eventos extraordinarios y el transporte de barro, rocas y troncos.

La planificación del territorio debe fortalecerse mediante una mejor coordinación entre el Estado, los municipios y los organismos técnicos, elaborando mapas de peligros geológicos antes de autorizar nuevas urbanizaciones y protegiendo humedales, vegas, dunas y antiguos cauces.

Finalmente, debemos fortalecer la educación ciudadana. Conocer las alertas oficiales, identificar las quebradas cercanas y comprender cómo funciona el territorio debe convertirse en un hábito cotidiano.

La principal lección que dejan estas inundaciones es que debemos aprender de lo ocurrido. El registro geológico muestra que estos eventos han sucedido muchas veces a lo largo de la historia y seguirán ocurriendo. La naturaleza no está rompiendo sus propias reglas; somos nosotros quienes, muchas veces, olvidamos cómo funciona el territorio.

El territorio tiene memoria. Mientras más conozcamos sus formas, sus cauces, su clima y sus procesos naturales, mayores serán nuestras posibilidades de prevenir, planificar y proteger vidas.

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