
IA y trabajo: eficiencia sin exclusión
Patricio Yuras Académico
Director Ingeniería en Administración de Empresa, U. Central
La inteligencia artificial se ha consolidado como una de las principales fuerzas de transformación del trabajo contemporáneo. Sin embargo, su impacto no puede entenderse desde una mirada ingenuamente optimista ni desde un discurso apocalíptico. La IA crea nuevas oportunidades vinculadas al análisis de datos, automatización, ciberseguridad, programación, ética digital y transformación organizacional, pero al mismo tiempo amenaza con reemplazar tareas repetitivas, administrativas y operativas, profundizando la tensión entre productividad y desplazamiento laboral.
El Foro Económico Mundial, en su Future of Jobs Report 2023, estimó que hacia 2027 podrían crearse 69 millones de empleos, aunque desaparecerían 83 millones. La cifra resulta reveladora: en ciertas proyecciones, la generación de nuevos puestos no compensaría completamente la pérdida de ocupaciones existentes.
El Fondo Monetario Internacional advierte, además, que cerca del 40% del empleo mundial está expuesto a la IA, porcentaje que asciende al 60% en economías avanzadas. La OCDE, por su parte, señala que alrededor del 27% de los empleos en países miembros se concentra en ocupaciones con alto riesgo de automatización, aun cuando todavía no exista evidencia concluyente de una destrucción masiva de puestos de trabajo.
McKinsey Global Institute agrega otra señal de alerta: la IA generativa podría acelerar las transiciones ocupacionales, provocando cerca de 12 millones de cambios laborales adicionales en Estados Unidos hacia 2030.
La discusión, entonces, no se limita a cuántos empleos desaparecen o emergen. La IA modifica tareas, redefine funciones y reorganiza estructuras completas de trabajo. El problema no es únicamente económico, sino también social: los beneficios de esta transformación difícilmente se distribuirán de manera equitativa.
Cuando las organizaciones observan la innovación solo desde la lógica de la eficiencia, corren el riesgo de convertir la tecnología en una sofisticada máquina de exclusión. Diversos organismos internacionales han advertido que la automatización puede profundizar la precarización laboral, deteriorando la estabilidad, proyección y calidad del empleo.
En este escenario, los sindicatos enfrentan un desafío complejo: representar a trabajadores cuyos roles cambian aceleradamente y negociar en entornos donde el “empleador” ya no es únicamente una empresa, sino también un sistema tecnológico que organiza, mide y reemplaza funciones.
La Organización Internacional del Trabajo ha insistido en que el futuro laboral exigirá nuevas formas de diálogo social, actualización de derechos y mecanismos de protección frente a la automatización.
Por eso, el debate de fondo no es tecnológico. El verdadero desafío es político, organizacional y ético: cómo gestionar esta transición sin que la promesa de eficiencia termine ampliando la desigualdad y debilitando aún más el mundo del trabajo.




