
¿Quién trabaja cuando hay Mundial?
Por Juan Carlos Torres, socio WE Comunicaciones
Cada cuatro años reaparece la misma preocupación. Empresas que ajustan reuniones, trabajadores pendientes del fixture, oficinas que se congregan frente a una pantalla y ejecutivos preguntándose cuánto costará, en términos de productividad, la pasión mundialista.
La pregunta parece razonable: ¿cuánto pierde un país cuando llega el Mundial?
La respuesta es incómoda, porque efectivamente se pierde. Diversos estudios internacionales, incluido el Fondo Monetario Internacional, han analizado el impacto económico de las grandes citas deportivas y coinciden en que existe una disminución temporal de la productividad cuando los partidos coinciden con la jornada laboral. En países donde el fútbol forma parte de la identidad nacional, el efecto puede ser especialmente visible.
El propio FMI ha hablado de una “penalización de productividad” asociada a los mundiales y ha advertido que su magnitud depende, entre otros factores, de cuánto tiempo de competencia coincide con la jornada de trabajo. En ciudades como Río de Janeiro, por ejemplo, más de 60 horas de partidos pueden desarrollarse en horario laboral. A ello se suman estimaciones internacionales que cifran en hasta 17 mil millones de dólares las pérdidas globales de productividad durante una Copa del Mundo. Algunos estudios recientes incluso señalan que un 37% de los trabajadores modifica sus horarios para seguir los encuentros y que cerca de un 27% reconoce que podría ausentarse, llegar tarde o abandonar anticipadamente su jornada laboral para no perderse un partido.
Brasil lo vivió durante el Mundial de 2014. Argentina lo experimenta cada vez que su selección disputa una instancia decisiva. Reuniones suspendidas, trámites postergados, menor actividad económica y millones de personas concentradas simultáneamente en un mismo acontecimiento.
Lo interesante es que Chile volverá a vivir exactamente el mismo fenómeno, aun cuando ni siquiera estará presente en la próxima Copa del Mundo. Y eso debería invitarnos a una reflexión más profunda.
Porque si millones de personas están dispuestas a interrumpir por unos minutos su rutina para seguir un partido en el que ni siquiera participa su país, entonces estamos frente a algo mucho más poderoso que un simple evento deportivo.
Estamos frente a una necesidad colectiva de pertenencia.
Durante décadas hemos construido sociedades obsesionadas con medirlo todo: productividad, desempeño, crecimiento, eficiencia y cumplimiento de objetivos. Todo parece traducirse en indicadores, métricas, dashboards y reportes. Lo que no se puede cuantificar pareciera no existir.
Sin embargo, cada cierto tiempo emergen fenómenos que desafían esa lógica. El Mundial es uno de ellos.
Durante un mes, millones de personas dejan de actuar únicamente como trabajadores, consumidores o contribuyentes. Recuperan algo más esencial: la sensación de formar parte de una historia compartida. Por eso la discusión sobre productividad suele ser incompleta.
Porque la pregunta no debería limitarse a cuánto dinero deja de producir una economía durante un partido. La pregunta relevante es por qué existen tan pocos espacios capaces de generar un nivel similar de conexión emocional.
En sociedades cada vez más fragmentadas, polarizadas y desconfiadas, los momentos de encuentro colectivo se han vuelto escasos. La política ya no logra convocar como antes. Las instituciones enfrentan persistentes crisis de legitimidad. Las organizaciones luchan por construir sentido de pertenencia. Incluso las comunidades locales muestran señales de debilitamiento. Sin embargo, basta el pitazo inicial de un partido para que millones de personas vuelvan a mirar hacia el mismo lugar.
Tal vez el verdadero valor de un Mundial no resida en los goles, las estadísticas o los resultados. Tal vez su importancia radique en recordarnos que los seres humanos no vivimos únicamente de indicadores, metas y balances.
Necesitamos relatos. Necesitamos símbolos. Necesitamos experiencias capaces de conectarnos con algo que nos trascienda. Es cierto, la productividad mueve las economías. Pero son las emociones compartidas las que terminan moviendo a las sociedades.
Quizás por eso, cada cuatro años, el mundo acepta detenerse durante noventa minutos. Porque hay momentos en que lo verdaderamente importante no es cuánto producimos, sino aquello que todavía es capaz de unirnos.




