
Lula y el próximo capítulo económico de América Latina
Por Marcelo Gutiérrez G. – Abogado, Instituto Internacional de Estudios para la Democracia, Universidad del Alba
Lula da Silva ganó la elección presidencial de Brasil. Sin embargo, el respaldo de las urnas abre una tarea que ningún triunfo electoral resuelve por sí solo: generar confianza para invertir, crear empleo y sostener el crecimiento. Para Chile, lo que viene merece una mirada que vaya más allá de las simpatías políticas.
Brasil tiene un peso económico que obliga a observar sus decisiones. Su desempeño importa para el comercio, el turismo y las inversiones dentro de Sudamérica. Por eso, la pregunta relevante para nuestro país es qué condiciones ofrecerá esta nueva etapa y cómo podremos aprovechar sus oportunidades.
El primer examen será fiscal. Las demandas sociales requieren respuestas, pero también financiamiento sostenible. Prometer nuevos beneficios sin explicar cómo se pagarán puede rendir electoralmente; gobernar exige hacerse cargo de esa cuenta. Cuando aumenta la incertidumbre sobre las finanzas públicas, el crédito puede encarecerse y la inversión postergarse. Ese costo termina alcanzando a empresas y familias.
La responsabilidad fiscal tiene, por tanto, una dimensión profundamente social. Cuidar los recursos permite sostener prestaciones, enfrentar emergencias y proteger a quienes dependen del Estado. Un gobierno que compromete gastos permanentes sin respaldo suficiente reduce su margen de acción futuro y deja expuestas sus propias promesas.
Lula deberá demostrar que puede compatibilizar sus compromisos sociales con una conducción económica creíble. Eso requerirá prioridades claras, evaluación del gasto y disposición para adoptar decisiones difíciles. La confianza dependerá de la coherencia entre los anuncios, el presupuesto y las medidas que efectivamente consiga implementar durante su mandato.
El segundo desafío será construir acuerdos. Ningún programa económico se ejecuta únicamente desde la Presidencia. La relación con el Congreso, la capacidad de negociación y la estabilidad de las reglas serán fundamentales. Una empresa que evalúa una inversión necesita proyectar sus costos y obligaciones durante años.
La incertidumbre política puede terminar frenando proyectos que podrían generar empleo. También conviene moderar las interpretaciones sobre la primera reacción de los mercados. Una caída bursátil no demuestra el fracaso anticipado de un gobierno, así como una subida tampoco garantiza su éxito. Los movimientos iniciales reflejan expectativas y ajustes de posiciones. El juicio económico más relevante se construirá con decisiones y resultados.
Para Chile, esta etapa ofrece oportunidades concretas. Un Brasil que crece puede demandar más bienes y servicios, impulsar viajes y abrir espacios para nuevos negocios. Pero esas posibilidades requieren trabajo: fortalecer vínculos comerciales, mejorar la conectividad y facilitar la participación de empresas chilenas, incluyendo aquellas que hoy encuentran dificultades para internacionalizarse.
También exige reconocer nuestras propias tareas. Difícilmente aprovecharemos un entorno regional favorable si seguimos entrampados en permisos demorados, incertidumbre regulatoria o baja capacidad de ejecutar inversiones. La competitividad chilena depende de decisiones que debemos tomar aquí. Esperar que el crecimiento llegue desde afuera sería otra forma de postergar responsabilidades.
El triunfo de Lula entrega una señal política clara, pero la confianza económica deberá construirse día a día. Su desafío será convertir el respaldo ciudadano en condiciones para producir, emprender y progresar.
Para Chile, la lección es igualmente exigente: los gobiernos ganan elecciones con propuestas, pero mejoran la vida de las personas cuando consiguen transformarlas en inversión, empleo y oportunidades. Las urnas ya hablaron en Brasil. Ahora comienza el examen de la gestión.




