
¿Quiénes son los jugadores?
Rodrigo Carrasco
Académico Facultad de Economía, Gobierno y Comunicaciones, U. Central
A inicios de octubre, durante un mitin en Ohio, Donald Trump hizo una afirmación reveladora sobre la relación de Estados Unidos con Irán: “Puede que hayamos ido demasiado lejos con los dirigentes, porque ya no sabemos con quién demonios estamos tratando”. Más allá de las interpretaciones políticas o militares, sus palabras plantean una pregunta fundamental para cualquier negociación: ¿qué ocurre cuando no está claro quién toma las decisiones del otro lado?
La teoría de juegos estudia situaciones en las que las decisiones de cada actor afectan los resultados de los demás. Para analizarlas es necesario identificar a los jugadores, sus estrategias y sus funciones de ganancia, es decir, los resultados que cada uno busca alcanzar.
Habitualmente, la atención se concentra en las estrategias, ¿conviene negociar o confrontar?, ¿ofrecer concesiones o mantener una amenaza? Sin embargo, antes de responder esas preguntas, es necesario resolver otra, ¿quiénes son realmente los jugadores?
En principio, podría parecer que los actores son Estados Unidos e Irán. Pero un Estado no necesariamente actúa como una unidad con una sola voluntad. En su interior coexisten autoridades políticas, mandos militares e instituciones con intereses y capacidades de decisión diferentes. Considerarlos como un único actor puede ocultar factores decisivos para comprender el conflicto.
Identificar a un jugador implica determinar quién decide, qué decisiones controla y qué resultados busca. En una negociación también es necesario distinguir entre quien participa en las conversaciones, quien puede aprobar un acuerdo y quien tiene capacidad para cumplirlo.
El politólogo Robert Putnam planteó en 1988 que las negociaciones internacionales se desarrollan en dos niveles: el acuerdo entre países y el juego político interno que permite aceptarlo o bloquearlo. Un representante puede alcanzar un entendimiento, pero carecer del respaldo necesario para hacerlo efectivo. La contraparte visible, por tanto, no siempre reúne a todos los actores que pueden determinar el resultado.
Desde esta perspectiva, las palabras de Trump adquieren relevancia. Si una ofensiva modifica el liderazgo de un país, también puede cambiar quién toma las decisiones, cuáles son sus incentivos y qué compromisos puede asumir. El país sigue existiendo, pero la estructura de poder con la que interactúa la otra parte puede haber cambiado. Con ella, cambian también las condiciones del juego.
Esto no significa que debamos incluir a todos los actores posibles en cada análisis. Un buen modelo simplifica la realidad, pero sin excluir las diferencias que pueden modificar el resultado. La cuestión no es cuántos jugadores podemos identificar, sino cuáles necesitamos reconocer para comprender la interacción.
Antes de preguntarnos cuál es la mejor estrategia, conviene plantear otras preguntas: ¿quién decide?, ¿a quién representa?, ¿quién puede comprometerse y quién puede impedir un acuerdo? Sin esas respuestas, incluso un análisis estratégico riguroso puede partir de una representación equivocada del problema.
La declaración de Trump expone una dificultad central de la teoría de juegos aplicada a la política internacional: podemos analizar estrategias y anticipar resultados, pero si no identificamos correctamente a quienes toman las decisiones, corremos el riesgo de estar analizando un juego distinto del que realmente se está jugando. Antes de discutir cómo ganar, hay que saber quiénes están jugando.




