
El valor de la estadística en la salud
Margarita Cortés
Académica Facultad de Medicina, U. Central
¿Como sabemos que un tratamiento funciona, que una enfermedad está aumentando o que una política pública realmente mejora la salud de una población? Aunque muchas veces no sea visible, en gran parte de estas respuestas se encuentra la estadística.
Su relación con la salud no es reciente. Ya en el siglo XVII, John Graunt analizó los registros de mortalidad de Londres y elaboró una de las primeras tablas de vida, que permitió estimar la supervivencia de una población según la edad. Su trabajo mostró que, al observar los datos en conjunto, era posible identificar patrones que los casos individuales no permitían ver. Dos siglos más tarde, durante el brote de cólera de 1854, John Snow estudió la distribución de los casos en Londres y logró vincularlos con una fuente de agua contaminada. Ambos episodios representaron nuevas maneras de entender los fenómenos de salud, en las que contar dejó de ser solo un registro y comenzó a convertirse en una herramienta para comprender.
Desde entonces, la estadística ha acompañado gran parte de los avances de la medicina y la salud pública. Nos ha permitido estudiar factores de riesgo, evaluar tratamientos, vigilar enfermedades, identificar poblaciones vulnerables y estimar el efecto de distintas intervenciones. También ha hecho posible algo menos evidente, pero igualmente importante, reconocer la incertidumbre. Porque tomar decisiones basadas en evidencia no significa tener certezas absolutas, sino disponer de herramientas que permitan decidir mejor frente a aquello que no conocemos por completo.
Hoy, la forma en que generamos y utilizamos datos en salud ha cambiado profundamente. Registros clínicos, imágenes médicas, dispositivos de monitoreo y grandes bases poblacionales producen una cantidad y diversidad de información antes impensada. A ello se suma la inteligencia artificial, que amplía nuestra capacidad para procesarla e identificar patrones a una escala sin precedentes.
Esta abundancia de información también plantea nuevos desafíos. Más datos y mejores algoritmos no garantizan mayor conocimiento ni mejores decisiones. Es necesario preguntarnos de dónde provienen esos datos, a quienes representan, qué sesgos pueden contener y hasta dónde podemos extender nuestras conclusiones. En este escenario, el pensamiento estadístico adquiere una renovada importancia, no solo para analizar datos, sino para convertirlos con rigor, en evidencia que realmente contribuya a mejores decisiones en salud.
En este contexto, el 12 de octubre, Día de las y los Estadísticos en Salud, representa una oportunidad para reconocer el trabajo de quienes transforman datos en evidencia y contribuyen, muchas veces de manera silenciosa, a orientar decisiones que impactan directamente en la salud de las personas. Porque detrás de cada cifra hay personas, y convertir esa información en conocimiento también es una forma de cuidar su salud.




