PAÍS

¿Y si nos dejamos de preguntar cuánto puede moverse una persona?

Camila Roa Araya
Kinesióloga y académica U. Central

El pasado 6 de octubre se conmemoró el Día Mundial de la Parálisis Cerebral, y en ese contexto, quizás la pregunta más importante no está en el movimiento que logra una persona tras una sesión de kinesiología, sino en la vida que ocurre fuera de la consulta.

Históricamente, la rehabilitación se ha centrado en el movimiento, la postura, la marcha y la espasticidad. Sin embargo, ¿qué pasa cuando termina la sesión? Una persona puede mejorar su equilibrio y seguir encontrando una escalera inaccesible; puede ganar fuerza y chocar contra un transporte público deficiente. El movimiento es un medio, no el destino. El verdadero desafío es que lo trabajado se transforme en oportunidades reales de participación cotidiana.

El cambio de paradigma implica pasar del “¿puede hacerlo?” al “¿qué necesita para hacerlo?”. Preguntar “¿puede caminar?” busca una respuesta funcional; preguntar “¿puede ir caminando al lugar que quiere?” habla de participación. Y la interrogante clave, “¿qué quiere hacer?”, sitúa finalmente a la persona en el centro. La rehabilitación no debe partir solo de lo que el profesional considera prioritario, sino de la vida que el paciente desea construir.

En la academia hablamos constantemente de innovación: robótica, realidad virtual o inteligencia artificial. Todo eso suma, pero la innovación más desafiante es cambiar el foco. Éxito no es solo medir cuánto mejoró un parámetro corporal, sino cuánto se expandió la vida del paciente. El objetivo no es solo mover la mano, sino escribir, jugar o trabajar.

Las universidades tenemos una responsabilidad enorme. No basta con formar profesionales capaces de evaluar tono o fuerza; debemos formar profesionales que miren a la persona y a su contexto. Esto no implica abandonar la rigurosidad científica por buenas intenciones, sino lograr que el conocimiento técnico tenga un sentido real. La rehabilitación puede ser impecable en lo técnico y, aun así, ser insuficiente si no conecta con lo que la persona valora.

La parálisis cerebral nos enseña sobre diversidad. El problema surge cuando diseñamos escuelas, calles y trabajos asumiendo que todos funcionamos igual. Hablar de inclusión no debiera ser “cómo incorporamos a alguien diferente”, sino cuestionar por qué seguimos diseñando la sociedad para una sola forma válida de moverse o existir.

Reconozcamos los avances de la disciplina, pero atrevámonos a mirar más allá. Sigamos evaluando capacidades, pero transformemos también las barreras del entorno. El desafío actual de la rehabilitación no es solo lograr que una persona se mueva mejor, sino que pueda participar activamente. Para ello, a veces habrá que ajustar el tratamiento; pero muchas otras, tendremos que transformar el mundo que la espera al cruzar la puerta de la consulta.

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