
La enfermedad de moda: Infantinosis
Juan Francisco Ortún Q.
Periodista y académico U. Central
Hay algo particularmente preocupante en lo ocurrido con el fallido intento de la FIFA de comercializar una participación de una nueva entidad de derechos vinculada a los próximos Mundiales. No sólo por la propuesta en sí, que finalmente fue retirada, sino por lo que revela: una dirigencia que parece haber perdido definitivamente el sentido de los límites.
La FIFA pidió disculpas a sus 211 asociaciones miembro y reconoció que la gestión de la iniciativa “debió ser diferente”. Una manera bastante elegante de decir que las cosas se hicieron mal. Pero el problema es bastante más profundo que una equivocación administrativa. Cuando una organización que gobierna el fútbol mundial pretende embarcarse en una operación de semejante magnitud sin que aparentemente exista suficiente claridad, consenso ni explicación previa, lo que queda en evidencia es algo mucho más peligroso: la sensación de que quien manda puede hacer prácticamente lo que quiera, como Infantino.
El presidente de la FIFA ha conseguido algo que parecía difícil: convertir la palabra presidencia en una suerte de patente de corso. Bajo su conducción, el fútbol mundial parece avanzar cada vez más hacia un modelo donde todo puede ser vendido, empaquetado, ampliado, fragmentado y convertido en una nueva fuente de ingresos.
Más selecciones, más partidos, más derechos televisivos. Más dinero, por lo tanto, hay que inventar nuevas fórmulas para conseguir todavía más. Y si alguna propuesta genera resistencia, siempre habrá una explicación, una disculpa institucional y, por supuesto, una reunión de emergencia en algún lugar del planeta. Después, asunto arreglado. La FIFA reafirma su “pleno respaldo” al presidente y todos vuelven a casa.
El problema es que el fútbol no pertenece a Infantino ni a la FIFA. Mucho menos pertenece a quienes han convertido su administración en una maquinaria internacional de generación de negocios. El fútbol pertenece a los millones de personas que lo juegan, lo sufren, lo celebran y lo financian comprando entradas, camisetas, suscripciones y derechos televisivos.
Sin embargo, quienes dirigen la FIFA parecen observar el fútbol desde una planilla Excel. Allí no existen hinchas, tradición, identidad ni cansancio. Existen mercados, audiencias, contratos, plataformas y nuevos productos comerciales.
El Mundial dejó hace rato de ser solamente una competencia deportiva. Ahora también es una gigantesca feria comercial que debe crecer permanentemente, aunque para ello haya que estirar el torneo hasta límites absurdos, multiplicar los partidos y obligar a selecciones y aficionados a recorrer enormes distancias. Todo parece justificarse en nombre de una palabra mágica: ingresos.
Lo verdaderamente inquietante es la plenipotencia con que parece actuar Infantino. Una dirigencia que administra una institución mundial no debería comportarse como si cada idea del presidente fuera automáticamente una buena idea. La FIFA no necesita un monarca que imagine negocios cada vez más sofisticados. Necesita contrapesos, transparencia y dirigentes capaces de decirle a su presidente que hay ideas que no corresponden. Porque el fútbol mundial no puede quedar sometido al capricho de una cúpula que parece convencida de que siempre existe una nueva manera de ganar dinero.
El episodio de Marruecos debería servir, al menos, para algo. No basta con pedir disculpas porque una operación comercial fue mal gestionada. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿por qué se está intentando permanentemente llevar el fútbol hacia territorios donde nadie parece haber pedido llegar?
Infantino podrá contar con el respaldo de su Consejo. Podrá recibir aplausos de las federaciones. Podrá convencer a dirigentes ofreciéndoles una porción mayor de la torta, pero repartir más dinero para obtener adhesiones no transforma una mala idea en una buena idea. Solo demuestra que el dinero sigue siendo el idioma más eficaz de la FIFA.
Porque mientras Infantino y sus colaboradores continúen tratando al fútbol mundial como un gigantesco cajero automático, habrá que recordarles algo que parece habérseles olvidado: el fútbol es un negocio, sí, pero no nació para ser un negocio, nació para ser fútbol y eso precisamente es lo que algunos dirigentes parecen estar empeñados en olvidar.




